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Parashat Behalotjá
Rabino Rami Pavolotzky. Congregación B’nei Israel, Costa Rica
08/06/2012

En la Parashá de esta semana, Behalotjá, aparecen dos relatos que a primera vista son contradictorios. Por un lado tenemos la descripción de cómo D’os Se revelaba a todo el pueblo en el desierto, dejando manifestar Su presencia en el Mishkán, el Tabernáculo. De día se aparecía como una “columna de nube”, mientras que por la noche lo hacía como una “visión de fuego”. Esta imagen muestra cómo la presencia divina acompañaba al pueblo de Israel constantemente, como una madre lo hace con su pequeño hijo.

 

Por otro lado, aparece el famoso relato de kivrot ha-taavá, literalmente “las tumbas del deseo”. Es un episodio amargo y delicado: el pueblo en el desierto exige airadamente a Moshé que le entregue carne, ya que querían comer como lo hacían en Egipto, cuando eran esclavos. Moshé cae presa de una mezcla de furor y depresión, y hasta llega a pedir a D’os que lo deje morir, dado que él no es capaz de cumplir con la tarea que le fue encomendada: guiar a un pueblo ingrato y rebelde.

 

Decía al principio que estos dos relatos son aparentemente contradictorios. El pueblo que es testigo privilegiado del milagro cotidiano de la presencia visible de D’os en la tierra, es el mismo pueblo que se harta de la comida del desierto, desprecia su incipiente libertad, y pide volver a la esclavitud y el politeísmo egipcios con tal de comer mejor. Nos preguntamos entonces: ¿cómo puede alguien que ve un milagro olvidarlo tan rápidamente? ¿De qué vale un milagro si hasta las ganas de comer carne lo eclipsan?

 

Al parecer, el pueblo que vio los mayores y más numerosos milagros, simplemente no pudo mantener su fe, no pudo creer. La generación que vio con sus propios ojos los milagros más sublimes, perdió rápidamente su fe en D’os. Pero por otro lado, conocemos decenas de generaciones posteriores que vivieron días aciagos, vidas signadas por el odio, la persecución y el hambre, y que sin embargo fueron gigantes en su fe.

 

De esta dramática paradoja, el pensador contemporáneo Ieshaiahu Leibowitz deriva una gran lección. La fe no depende de los milagros, pues nuestra voluntad de seguir viviendo no tiene nada que ver con ellos. Desde el punto de vista religioso, afirma Leibowitz, los milagros no tienen ninguna relevancia. La fe no es un elemento que viene de afuera hacia adentro del hombre, sino que solo puede crecer y fructificar cuando nace del interior mismo del ser humano.

 

Hay una conocida costumbre en el rezo, que consiste en taparse los ojos al recitar el Shemá Israel. Justamente cuando declaramos nuestra fe en D’os como judíos, tenemos los ojos cerrados, como diciendo que nuestra confianza en D’os no depende de ninguna visión, sino que más bien tiene que ver con mirarnos hacia adentro, en lo más hondo de nuestro ser. La fe sana no tiene que ver con milagros, sino con la voluntad del hombre de vivir su vida de una manera diferente, reconociendo que no es él el dueño de todo lo que hay a su alrededor, sometiendo su libre voluntad a un sistema de conductas y costumbres.

 

Quizás deberíamos dejar de esperar por milagros y ponernos a actuar, con sinceridad y corazón puro. Está visto que los milagros no pueden cambiar nuestra fe, mas nuestra fe sí puede cambiar el mundo. Será cuestión de probar.

Shabat Shalom,

Este comentario de la Parashá es realizado por la Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe y puede ser reproducido citando su origen.

 

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