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Parashat Ajarei Mot - Kedoshim
Rabino Gustavo Surazski
04/05/2012

Y mis sábados guardaréis (Vaikrá 19, 3)

 

Guardar el Shabat es mucho más que un deber religioso; es una necesidad imposible de reemplazar por otra actividad. Necesitamos desconectarnos de tantas tensiones, tantas noticias y tantas corridas ocupándonos por veinticuatro horas de nuestras ‘almas contaminadas’.

 

No hablo de distraernos. No es eso lo que necesitamos.

 

No es casualidad que el primer versículo de Parashat Kedoshim nos diga ‘Kedohim Tihiu’ (Santos seréis) y el segundo nos diga ‘VeEt Shabtotai Tishmoru’ (Y Mis Shabatot guardaréis).

 

Desde hace miles de años, la receta para desintoxicar nuestro alma y recuperar esa chispa de santidad y vitalidad que se aloja en nosotros, tuvo que ver con la vivencias sabáticas y el espíritu de este día.

 

Uno puede entender cómo se puede contaminar un río o el aire. Pero… ¿cómo se contamina un alma? ¿De qué estamos hablando cuando decimos ‘almas contaminadas’?

 

Saben ustedes que el cuerpo tiene ventanas y el alma respira, se alimenta y vive a través de ellas. Tenemos una boca, dos orificios nasales, dos ojos y dos oídos.

 

De la misma forma en que el polvo ingresa a casa a través de las ventanas, así también las ventanas del cuerpo en sus funciones semanales contribuyen a la saturación de nuestra alma.

 

No sé si prestaron atención, pero al terminar el Shabat en la Havdalá dedicamos una bendición a cada uno de estos sentidos.

 

Empezamos con la brajá del vino, dedicada a la boca. Luego pasamos a la nariz, recitando la bendición de los besamim (las especies aromáticas). En tercer lugar, bendecimos sobre la luz de la vela trenzada, iluminando nuestros ojos. Y por último, tan sólo prestamos oídos y escuchamos la distinción entre la santidad del Shabat que finaliza y lo ordinario de la semana que empieza.

 

D’os regala una bendición a cada ventana, para guardarlas y protegerlas en aquel momento en el que vuelven a salir al ruedo y nuevamente comienza a entrar polvo por las ventanas de nuestros cuerpos.

 

En siete días volveremos a vivenciar un nuevo Shabat y estaremos tan ‘contaminados’ como estamos hoy. Realmente –lamento defraudarlos- no creo que las noticias de la próxima semana sean mejores, ni que tengamos que correr menos, ni que baje nuestro nivel de stress.

 

Pero al menos un día a la semana tenemos este regalo de veinticuatro horas para desintoxicarnos. Para recuperar, al menos por un rato, esa chispa de kedushá que anida en nuestras almas.

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